martes, 5 de agosto de 2008

UNA VENTANA A... JULIO RAMÓN RIBEYRO

Por, Daniel Ferreira*

Dicen las lenguas sabias que nada acredita mejor el temple del carácter de un hombre que la prueba del oro del éxito y la prueba del fuego de la desgracia. Julio Ramón Ribeyro no tuvo éxito nunca; salvo cuando se emborrachaba con vino Burdeos en los cafés de París y cuando, pocos meses antes de morir en 1994, le anunciaron el premio Juan Rulfo de la Universidad de Guadalajara al mismo tiempo que la edición Alfaguara de sus cuentos completos y el cáncer artero que le roía las entrañas. Es decir, que la prueba del oro y la prueba del fuego le vinieron al mismo tiempo. Y por lo tanto, que el temple de su carácter quedó bien resguardado tras el telón de la muerte repentina. No, quizá Ribeyro no debió tomarse tan en serio este asunto de morirse como nos lo tomamos nosotros hoy al dedicarle estas pocas palabras, puesto que había convivido con la enfermedad durante casi treinta años, en medio de cirugías de esófago, gastritis, úlcera estomacal, dietas, gelatinas y prohibiciones de cigarrillo a las que siempre trasgredía. Realmente su obra entera está trazada por los signos reconocibles de la enfermedad y del hombre que intuye su propio mal y se resigna a morir con las botas puestas: Morir como un animal herido, en lo más profundo del bosque, en el corazón de la selva oscura, donde no cabe esperar socorro ni compasión de nadie, escribió alguna vez el mayor escritor de cuentos peruano. Había nacido en Lima, en 1929. Se había hecho un hombre errante por las ciudades europeas, y un escritor taciturno, casi mudo en París, para volver a morirse en una casa limeña al frente del mar. Nunca dejó de fumar, como le pedían los médicos. Nunca dejó de beber, como le pedía su esposa Alida. Pero tampoco nunca dejó de escribir, como le exigía su empleo de periodista y diplomático. Una úlcera irreparable, un cáncer en metástasis, un centenar de relatos sobre seres marginados, tres novelas, setecientas páginas de Diario Íntimo, Prosas Apátridas, Dichos de Luder, la obstinación de una vida y una obra nacida en el desarraigo, florecida en medio del dolor de estómago y las noches turbulentas de París y las servilletas de los cafés de Montmartre son la mejor prueba de su carácter indoblegable de escritor. Con él, con su fijación por los excluidos del festín de la vida, inauguramos esta nueva sección de la revista Rilttaura dedicada a resaltar algunas de las plumas más sobresalientes de la Literatura Universal. Para ustedes, para que se animen a leerlo quienes no lo hayan hecho, y para que sientan nostalgia quienes hayan tenido el gusto, estos fragmentos de desasosiego que nos recuerdan de algún modo lo que somos y hemos ya olvidado: Seres imperfectos viviendo en un mundo imperfecto, estamos condenados a encontrar sólo migajas de felicidad.

*Redactor y miembro activo del comité editorial de la revista Rilttaura.

(Lea más en el 4to. No. de la revista Rilttaura.)

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